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—Hace una estupenda mañana ¿No te parece? —Empezó a respirar exa-
               geradamente, un fuerte olor a descomposición le atravesó de lleno. Una
               paloma muerta estaba al lado de un contenedor de basura y unas ratas la
               usaban de festín. Le subió otra arcada.


               —¿Dónde quedaste con Bai? —preguntó serio y sin prestar atención, es-
               taba cavilando, perdido en otras cosas.



               —Creo que en el “Camino del espl…” —dijo aún con cara de náuseas.
               Entendió que Bai era un punto clave en este asunto. Probó a dar un rodeo
               —o quizás en el de “cola de león”, estoy hecho un lío. Un buen almuerzo
               creo que organizará mis ideas.


               Mientras tanto, Hezra llevaba toda la noche sin dormir. Tenía aspecto can-
               sado, el pelo despeinado, las gafas descolocadas, una gran bolsa de oje-
               ras subrayaba sus ojos. Llevaba un par de días sin afeitarse y la ropa de
               hace una semana.  Estuvo teorizando sobre unos documentos conspira-

               noicos que le pasó un compañero del trabajo. Seguía pensando que algo
               malo estaba pasando y que nadie se daba cuenta, que si no se detenía
               sería algo tarde. Hezra se imaginó lo que pensaba su compañero, que ha-
               brían descubierto en una guarida a los iluminati brindando con reptilianos,
               mientras Jack Ruby le pide entre risas papel de liar a J.F.Kennedy, y Elvis
               canta borracho con su hermano Jesse Garon y Paul Mc Cartney, tenían el
               botón para destruir el mundo y la fiesta se les estaba yendo de la mano.
    Revista PsicoEsfera
               Pero él sabía que no iban por ahí los tiros. Sumido en esos pensamientos
               notó como unas voces le sacaban de su estado de concentración. Se giró:
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               —¡Joder, solo quiero una cerveza para acompañar mi bocadillo ¿Es tanto pedir?!



               Vio a un señor con bastante mala pinta discutiendo con la camarera del
               bar. A su lado permanecía quieto otro tipo grande e imponente.


               —Lo siento señor, política de empresa, no servimos alcohol. Pero hace-
               mos un zumo delicioso.


               —¡Aagh! —cambió completamente su manera de actuar—Me estoy com-
               portando como un capullo—sonrió muy agradable—. Ni siquiera te di los

               buenos días.


               Todo se atenuó. El tipo parecía que había cambiado de aspecto, su barba
               estaba perfilada y su ropa parecía recién planchada.
               No tenía suciedad, hasta sus gestos eran más elocuentes. La camarera
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